De nuestra isla a su negra nave (2020)

Instalación. Plumas, madera, textil, cerámica esmaltada, resina acrílica.

Exposición individual, Galería Fúcares.

Ciertamente podemos situar estas esculturas que presenta Raquel Algaba en una de las múltiples y complejas estrategias que el artificio de arte necesita para pensarse, o “dignificarse” a sí mismo, menos como “cosa de arte”que estructura de lenguaje y pensamiento. Hay en este trabajo mucho de “astucia de lenguaje”, pero este plural Silencio de las Sirenas no es nada más, nada menos, que un sofisticado discurso sobre la condición escultórica a partir de una refinada idea de la cualidad “clásica” de la escultura, o toda aquella creación que desde el presente queramos así definir.

En la obra de nuestra artista nociones como “juego”, “mímesis”, o “ilusionismo”son elementos importantísimos en la dimensión formal de su trabajo, pero lo son de una manera clásica (en su interpretación más radicalmente contemporánea). Ahora bien, la utilización que Raquel Algaba hace de la escultura y las instalaciones son, en esencia, estrategias alegóricas de lo que mentalmente desea que sucediera en una realidad paralela. Un “suceder” que paradójicamente es profundamente narrativo, y ello no le importa, siempre y cuando esa narración admita ser literalmente “asesinada” destruyendo las coordenadas propias de un orden narrativo basado en el tiempo, en el espacio o en el lugar. Y cuando ello sucede la obra de esta artista se transforma en una bellísima y terrible “aparición”: nos recuerda a algo que no existe. Este Silencio de las Sirenas puede ser todo lo “estructuralista” que se quiera, naturalmente; todo lo analítico que deseemos, por supuesto; todo lo “topológico” que estemos dispuestos a asumir, eso también; todo lo perversamente “perceptivo” que asuma nuestra propia mirada, por descontado, al menos en su cualidad de “campo de presencia”, entendido este escenario a la manera de la filosofía de Merlau-Ponty: aquello que se extiende en dos dimensiones, la dimensión “aquí-allí”, y la dimensión “pasado-presente-futuro”.

Es decir, la condición de “intemporalidad del presente” de unas obras que muy bien se expresan en un luminoso silencio de profundas lejanías y de obsesivas realidades del “aquí y ahora”. Como si hubieran sido creadas, en su complejo y cuestionador “clasicismo”, con los inmortales mármoles y aceros de tiempos pretéritos. Podemos manifestar, igualmente, que están realizadas estas inquietantes presencias con una rara mezcla de materia y conciencia, de densidad constituyente y de ilusión referencial, de procesos reguladores de sentido y de elegante transgresión de formas y metáforas. Estas Sirenas nos ofrecen un silencio hermosamente cargado de imágenes y apariencias, pero estas nobles apariencias necesitan de nuestra condición humana, de nuestro mirar, para devolverles la voz y la sustancialidad. (Luis Francisco Pérez))